El día que la NASA llegó a Gerli

El cielo siempre me pareció misterioso. Al comienzo, se trataba de contemplar el recorrido de los aviones pero con los años, me di cuenta que había algo más interesante: las estrellas. Eran muchas, de distinto tamaño y se desplazaban con el correr de la noche. Arriba sucedían cosas maravillosas y yo quería saber de qué se trataba: tenía diez años y me costaba tener los pies sobre la tierra.

Las reiteradas preguntas a mis abuelos y a mis padres terminaron en un libro de tapa dura llamado Historia Natural del Universo, del autor británico Colin Ronan, especialista en esos temas. Una vez en mis manos, no pude dejar de leerlo: descubrí más sobre planetas, galaxias, la teoría del Big Bang y otras tantas revelaciones. Había aprendido de memoria sobre el orden de los planetas y su cercanía con el sol. Sabía que en Mercurio las temperaturas eran elevadísimas y que Plutón estaba a 5.769.000.000 kms. de la Tierra. Sabía perfectamente en qué consistía un eclipse de Luna y de sol, y hasta había hecho mi propio sistema solar con bolas de telgopor. Pero hubo algo que me conmovió: la llegada del hombre a la Luna y la teoría de la vida extraterrestre.

 

Con semejante revelación no demoré un día en correr a lo de mis abuelos a comentarles ese secreto. Ambos se mostraron interesados pero un poco escépticos. De nada sirvió insistir en el tema, ninguno logró confirmar lo que el libro afirmaba tan claramente. Luego del almuerzo, mi abuelo se acostó a dormir la siesta y mi abuela me llamó para confesarme, entre susurros, que a pocos años de mudarse a Lanús, a comienzos de la década del 60, cuando toda su manzana era un gran descampado, había visto un plato volador (luego aprendería su nombre oficial, OVNI). Mis ojos se abrieron de par en par. Mi propia abuela podía dar fe de lo que detallaba el libro.

Comenzó a contarme la escena, no sin antes pedirme discreción. Era de noche y estaba en la vereda como tantas otras veces; de repente, vio acercarse, una especie de aeronave redonda, llena de luces de colores que volaba bajito, a la altura de los pocos palos de luz que había en la cuadra, desprendiendo un ruido ensordecedor. Mi abuela llamó  a los gritos a mi mamá y a mi tía, niñas en ese entonces, pero no quisieron salir por el miedo que infundió el momento. Mientras lloraban dentro de la casa mi abuelo no entendía bien lo que sucedía. Aquel día quedaría sepultado para siempre en el olvido… hasta la tarde en que mi abuela decidió contármelo todo.

***

Ese secreto fue mi gran tesoro e impulsó mi obsesión por entender lo que pasaba fuera de este planeta. Recibí de regalo algunos libros de astronomía para niños y ya comenzaba a sentirme una experta. Para una Navidad mis tíos me regalaron el objeto más preciado: un telescopio marca Tasco, color rojo. Venía con algunas lentes pequeñas y un trípode que me encantaba armar y desarmar.  

En las noches de verano, cuando no había que ir a la escuela, el telescopio y yo éramos uno. Ya en los dos frentes de mi casa, ya en el balcón, quería observarlo todo, me lanzaba en la búsqueda de estrellas y claro, de la Luna. Luego de cenar me sentaba en la terraza, desde donde tenía una visión más amplia del cielo, siempre atenta ante un posible avistamiento de un plato volador o estrella fugaz. Si mi abuela lo había visto, existía y si existía podía volver a pasar por el barrio en cualquier momento.

Luego de aquel verano de guardias nocturnas sin suerte, comenzaron las clases nuevamente. En los recreos cada uno contaba cómo habían resultado las vacaciones. Las mías habían sido un poco aventureras pero no quise entrar en detalles para evitar las burlas de mis compañeros. Al día siguiente, Karina, una compañera, me contó que le escribió una carta a la NASA pidiéndoles información, no sólo le habían respondido sino que le enviaron valiosa información con la que yo ya soñaba también.

Era mi chance, tenía la posibilidad de comunicarme directamente con quienes enviaban a los hombres al espacio. En la carta les comenté que concurría a un instituto de inglés y que íbamos a organizar una clase abierta sobre el espacio y que necesitaba material de calidad para nutrir el aula. Nada de esto era cierto, el material lo necesitaba para calmar mi ansiedad por saber más sobre el espacio.

***

Luego de varias semanas llegó el primer sobre. Era grande, de papel madera y tenía el logo de la NASA en el extremo superior derecho. Lo abrí cuidadosamente para evitar romper el contenido. Me envolvió una felicidad nueva: me habían enviado cuadernillos, fichas de cada uno de los planetas, un mapa gigante de la Luna y el sol, unos cubos para armar, material para niños y más. Ordené todo en una carpeta que mostraba orgullosa a todo aquel que venía a casa: tenía una sucursal de la NASA en Gerli que valía la pena ser mostrado; mis familiares me preguntaban si me lo habían mandado gratis o si había tenido que pagar, todos recordaban la clásica escena del hombre alunando o algún que otro nombre de planeta pero para ellos todo ese material que tenían delante de sus ojos era novedoso y por qué no, raro también.

 

Los meses pasaron y, de tanto en tanto, llegaron nuevos sobres. Algunos grandes, otros no tanto, pero dentro de cada uno de ellos había algo nuevo por descubrir. Para ese entonces mi futuro estaba destinado a ser astronauta, así lo soñaba.

***

Debo reconocer que me esforcé: leí bastante, llevé el telescopio de aquí para allá, vi el video del hombre llegando a la Luna tantísimas veces e incluso analicé la famosa autopsia al extraterrestre de Roswell con toda la intención de creer que eso había sido verdad. Pero no fue suficiente. La física, la química y las matemáticas no eran lo mío y la astronomía tiene mucho de esas ciencias.

El tiempo fue deshaciendo la idea de ser astronauta pero mi amor por la astronomía se mantuvo intacto, me pierdo entre constelaciones y la Luna tiene ese resplandor que necesito sentir antes de dormir.

El pasado 22 de febrero la NASA, anunció el descubrimiento de un nuevo sistema solar parecido al nuestro. Me fascina la idea de la existencia siete planetas nuevos y que pueda haber vida en alguno de ellos.

El universo parece tan infinito como desconocido: todo puede descubrirse aún; por eso, toda vez que me asomo al balcón de mi departamento en Lanús, no puedo evitar imaginar que, tal vez, algún día aquellos seres de otro planeta pasen a saludarme y que sea una historia que deba contarle a mis nietos, alguna tarde cualquiera.

 

Texto y fotos: Leticia Estévez

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5 comentarios en “El día que la NASA llegó a Gerli

  1. Que linda historia! Me siento 100% identificado, recuerdo los vídeos de “Cosmos” de Carl Sagan y los geniales documentales del Discovery Channel (cuando todavía se dedicaban a hacer algo de divulgación científica).
    Soy de Adrogué y también le mandé una carta a la NASA, aunque a mi nunca me respondieron. La vida me llevó por otros caminos pero nunca dejé mi afición por la astronomía.
    Saludos y gracias por la nota.

  2. Qué bueno te haya gustado la nota, máxime si te sentiste identificado. Qué genial que no hayas dejado la afición por un tema tan entrañable como la astronomía. Un gran saludo.

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