El Jagüel tiene el ombú

Antes de la fundación de la localidad de El Jagüel, partido de Esteban Echeverría, (23 de septiembre de 1951), el ombú de esta historia ya despuntaba como un símbolo de esos que llegan para inundar la memoria de un pueblo. Emplazado en un ambiente natural de bosques y lagunas, que Ulrrico Schmidel, el cronista de Pedro de Mendoza, captó para sus bitácoras de viajes en el siglo XVI, no hay habitante de esa localidad del sur del conurbano que no sepa de él, lo haya escuchado en alguna referencia histórica o perdido debajo de su sombra.

Originalmente creció en un campo desolado, mientras, a lo lejos, el pueblo se urbanizaba. Eran otros tiempos, alrededor de sus raíces sólo había tierra negra de un suelo que solía ser cultivado pero en los últimos treinta años,  el (llamémosle) desarrollo industrial del predio de 20 hectáreas –entre las calles Pedro Palacios y Norberto López– borró rastro de esa tierra negra, arrasada de manera tal que terminó elevando al ombú por encima del terreno original. Ya cuando el dueño de ese campo vendió las tierras, fue librado a su suerte. 

Foto: Alan Muñoz

En febrero de 2017, la empresa Plaza Logística, dueña de los terrenos donde se encontraba el ejemplar herbáceo, inició obras en la zona; lo que en un comienzo fueron peligrosos rumores se convirtió en una realidad: se construirían tinglados de depósitos y el ombú no formaba parte de los planes. Así, los vecinos del barrio Siglo XX alertaron que el ombú de toda la vida podía reducirse a un recuerdo, insistieron en su conservación, visibilizaron la amenaza –que el municipio no vio como tal ya que replicó que estaban en tratativas con la facultad de Agronomia que depende de la Universidad de Buenos Aires para su conservación– y le presentaron una nota al intendente de Esteban Echeverría, Fernando Gray, que solicitaba “la protección de este monumento histórico natural de relevancia cultural”.  

Si bien era un hecho que el ombú sería trasplantado,  en el pedido firmado por el vecino Alan Muñoz, se solicita además el cumplimiento de la Ley Patrimonio, 25.743, que exige que una empresa que realice actividades industriales en terrenos residenciales, debe ceder, al menos, una hectárea y media de territorio, en este caso los vecinos sueñan con la creación de un espacio verde llamado Telomian Condie, nombre del primer cacique querandí que combatió en la invasión española en el lejano 1.536. 

En julio de 2017 el vivero Lobos, especialista desde 1947 en el tratado de este tipo ejemplares, fue el encargado de llevar a cabo la tarea de trasladar al emblemático ombú a 300 metros de su lugar original, los brotes que aparecieron esta primavera dan señal que se hizo un buen trabajo. Sólo resta que en el lugar exista algo más que un emblema natural aislado y se logre ese refugio verde tan necesario para un barrio.

 

Trasplantado. El emblemático ombú en un nuevo sitio, alejado de peligrosas construcciones industriales. Foto: Alan Muñoz

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La palabra ombú proviene del guaraní, umbú, que significa sombra o bulto oscuro; antes de los 15 años su copa medirá entre 10 y 15 metros y su sombra, tan inmensa, será un verdadero refugio.

Científicamente se lo denomina phytolacca dioica, no es un árbol sino una hierba gigante de tallos gruesos que crece solitariamente: es una rareza encontrar varios ejemplares juntos –sólo existe en Uruguay una zona denominada Bosque de ombués”–. Florece en primavera y su tronco no contiene anillos notorios, lo que ocasiona que no se pueda verificar con exactitud su longevidad aunque se estima que puede vivir hasta cien años.

Para defenderse de las plagas el ombú contiene una savia tóxica, para defenderse de la industria maderera, la humedad de su corteza es suficiente motivo para que sea considerado inservible. ¿Cómo podría defenderse de la cruda mano del hombre? Un grupo de vecinos de un barrio del sur del conurbano, fue todo lo que el ombú tuvo para salvarse porque el pueblo lo entendió como su símbolo de identidad y esperanza. Tan frágil. Tan necesario.

 

 

 

 

 

 

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