Grandes del conurbano: Almafuerte

Por la calle Tomás Villegas al 2500, San Justo, entre paradas de colectivos, vecinos que vienen y van, y otros tantos que se pierden por los comercios de esa calle, se descubre un pequeño obelisco que puede resultar extraño en esta típica escena de un barrio del conurbano, es probable que nada de esto existiese en 1854 cuando Pedro Bonifacio Palacios nacía en una humilde casa a metros de ese obelisco que no es otra cosa que su propio homenaje, el modo que encontraron de recordarlo como el poeta popular que fue.

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 Pedro Bonifacio Palacios, conocido como Almafuerte, fue un poeta, escritor, periodista y docente. Nació  el 13 de mayo de 1854, en San Justo, su hogar carecía de cualquier comodidad casi como un preludio de su destino. Criado por familiares, su madre murió cuando niño y de su padre sólo se sabe que lo abandonó cuando era muy joven. Su educación fue austera, completó la escuela primaria pero le bastó para forjar una pasión para con el mundo de las letras que jamás abandonaría. Intentó una carrera dedicada al dibujo, soñando con una beca en Italia que nunca logró pero si de reveses está hecha su vida también de sentidos logros: a los 16 años, empujado por su voluntad pedagógica enseñó durante cinco años en la escuela de varones la Piedad, en Balvanera. De espíritu nómade y movido por sus pasiones periodísticas  se trasladó a pueblos de la Provincia de Buenos Aires; entre 1881 y 1887 fue director de una escuela en Mercedes donde también escribió para el diario Local Oeste y fue preceptor en Chacabuco, allí fundó el diario El progreso, dicen que tuvo el agrado de recibir a un tal  Domingo Faustino Sarmiento.

El 12 de enero de 1905, en el diario La Nación apareció el poema El misionero firmado por un tal Almafuerte cuyo fragmento dice:

“Y allí, con su sayal hecho jirones

y apoyando en un can la flaca diestra,

aquel Fraile de Dios era la muestra

de cómo trata Dios los corazones.

Tal vez, una visión de faz macabra

le sacó de su grande abatimiento,

y al despertar aquel, su pensamiento

se deshizo en el mar de la palabra.

Mudo debiera estar; pero, recuerda,

y hablaría, quizás, amordazado….

Porque impera una ley que al derrotado

le impone repicar la misma cuerda.”

Claro que para que su nombre (o apodo) circule por el diario de Bartolomé Mitre, tuvo que transitar un camino de escritos que salían desde el alma, había logrado una especie de fama de antihéroe, su estilo, alejado de cualquier solemnidad, dejaba en la opinión pública un tembladeral de sensaciones, fue dueño de un lenguaje propio, con llegada a la gente, directo y pasional.

En 1887 se autoexilió en La Plata cuando el gobierno cambió a manos del presidente Quintana, candidato oficial de Julio Roca a quien Almafuerte calificó como “el alma más negra que tiene la república”. Sin lograrse identificar del todo con ningún gobierno, y siendo crítico de la clase política –jamás aceptó cargos políticos ni mucho menos vivir del Estado—decidió volver a empezar, esta vez en La Plata, en esa época escribió Gimió cien veces, Confiteor Deo y El misionero.

 Aun cuando sus versos lograban algo de repercusión, su situación económica nunca fue holgada, ya porque no aceptó cargos públicos, ya porque lo poco que tenía lo regalaba a los más necesitados –llegó a adoptar a cinco hermanos y ofrecerles los pocos bienes que disponía—soportó un nuevo revés en 1896 cuando la Dirección General de Escuelas le prohibió seguir desempeñándose como docente en Trenque Lauquen por no tener un título habilitante: lo suyo era pura vocación, llegó a enseñar por más de veinte años a pesar de no haber estudiado magisterio.

Monumento a Almafuerte en la plaza San Martín, San Justo.

Y si escribir críticamente en contra del gobierno de turno le valió la desdicha, Almafuerte supo que era un riesgo que no se permitió cuestionar; con todo, nacen nuevos versos: las Milongas clásicas, el Prólogo de Apóstrofes y el Cantar de los Cantares y el recordado poema Avanti Piu.

En 1913 realizó ciclos de lectura en el teatro Odeón de Buenos Aires y al año siguiente fue homenajeado por el Colegio Nacional de la Universidad de La Plata, junto a los poetas Carlos Guido Spano y Rafael Obligado. Por  fin, el Congreso Nacional le concedió una pensión vitalicia que casi no disfrutará: el 28 de febrero de 1917, la luz de José Bonifacio Palacios (o Almafuerte o Plutarco, Bonifacio, Uriel, Juvenal, algunos de sus tantos apodos que supo inventarse cuando firmaba sus poemas) se apagó para siempre más no el destello que dejó en el inconsciente colectivo.

¿Hubiera imaginado Almafuerte que su casa, esa austera vivienda en la calle 66 N°530, con su horno de barro que servía para alimentar a los pobres de la zona, y sus puñados de muebles, se transformaría en un Museo, declarado Monumento Histórico de la Ciudad? ¿O cuando errante, subsistiendo a base de sus escritos y conferencias que la posteridad lo convertiría en un poeta del pueblo? ¿Y que su apodo sería inmortalizado en tantísimas calles en varias ciudades de la Provincia de Buenos Aires? ¿O que en la plaza del barrio de su San Justo natal, lleve una estatua con su figura o que de cuando en cuando en su natalicio se reúnan para ofrendar su memoria? ¿O que una banda de heavy metal adopte su nombre?

A cien años de su fallecimiento, el Correo lanzó una serie de estampillas conmemorativas

Ya Rubén Dario, Ricardo Rojas y Jorge Luis Borges advirtieron que Almafuerte no era un poeta más, tal vez no el más prolífico ni exhaustivo en cuanto a estilo pero si alguien inolvidable: aquel que tuvo la suficiente sensibilidad para escribir el célebre poema “Piu Avanti”, cuyo fragmento arroja una de las frases más extraordinarias de la literatura argentina: “No te des por vencido ni aún vencido”.

La casa en La Plata donde vivió los últimos años se transformó en un museo que recorre la vida y obra del escritor

 

Mural en San Telmo. Fuente: Blog Pensando la bronca
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2 comentarios en “Grandes del conurbano: Almafuerte

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