Jugarse la vida en un parque de diversiones

Fragmentos

Los autos chocadores avanzan errantes, dan tumbos y a pocos metros un tren, con rumbo a la Capital Federal, deja un cimbronazo que hace vibrar la pista de autos. No importa, la gente no fallará el próximo fin de semana y volverá subirse a ellos.

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Los asientos de madera fueron maltratados por el tiempo, ahora son astillas listas para lastimar. A nadie le interesa, los niños subirán al trencito y llegarán a la otra parte del parque, tras el breve recorrido sonreirán ajenos a estos menesteres.

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Dumbo tiene los pupilas descolocadas, cualquiera puede notar que no hubo prolijidad para pintar el puñado de elefantes que transportan todos los días a los niños del conurbano. ¿Qué niño se fijaría en estos detalles? ¿Qué padre privaría a su hijo, de una vuelta, por simple hecho que el elefante perdió su belleza?

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El techo de la calesita, por la noche, brilla como cien luciérnagas juntas pero de día exhibe polvo, agujeros, cables de origen dudoso: dejadez. Algunos fines de semana, no hay lugar libre en la calesita: pocos miran el techo.

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La vuelta al mundo se divisa desde el tren, mucho antes de llegar al andén de la estación Lomas de Zamora. Una docena de asientos ofrecen una panorámica imperdible de la zona. ¿Qué tan seguro son los fierros que sostienen a esos cuerpos en las alturas? ¿Qué tan peligroso es, en realidad, el rechinar de la rueda de metal y cables oxidados? Nadie gastaría un segundo en pensarlo; en cambio, podemos pensar en la alegría de subirse.

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En 2015, un joven se filmó caminando desde el piso 43 en un edificio en Dubai. Un solo movimiento en falso le pondría fin a esa aventura. El joven se paseó de balcón en balcón y la hazaña quedó inmortalizada en las redes sociales.

Todos los días un niño del conurbano se divierte en alguno de estos juegos que austeramente se reparan, se rompen, se vuelven a reparar, se pintan, se tiran y se enderezan. ¿Qué diferencia hay entre caminar por un piso 43 y subirse a un juego de dudoso aspecto?

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El puñado de familias que concurren a diario y pagan la entrada, son el sostén del parque de diversiones que carece de nombre, de marquesina que lo anuncie y de tantas cosas otras cosas que ofrecen los parques que se promocionan en los medios. Estas familias avanzan, pese a todo, hacia la diversión que les garantiza un lugar hermoso, casi en ruinas, pero hermoso al fin.

Toda vez que la vuelta al mundo complete un giro, será gracias a ese entrañable empuje, espejo de la valentía que llevan a diario para enfrentar los peligros que la vida les presenta, todos los días.

¿Cuánto más podrán aguantar?

El parque de diversiones fue fundado hace treinta años.

 

Fotos: Betiana Fernández.

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2 comentarios en “Jugarse la vida en un parque de diversiones

  1. Hay tantas causas perdidas no solo en el conurbano, sino en el mundo entero, parques, cines, teatros, plazas y la mayoría se mantiene por el esfuerzo de quienes siguen creyendo, llevados por su melancolía de recuerdos vividos y las ganas de revivirlo con sus hijos, sobrinos, nietos, etc.
    Mientras se tenga fé en lo que uno hace y la determinación de seguir peleando vamos a seguir viendo parques como este.

    Te felicito por tu post.

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