Nuestro vecino, el nómade

Recuerdos de provincia

El día que Gary llegó a casa lo hizo en los brazos de mi madre, apenas cabía en la palma de su mano, era tan solo un montoncito inquieto de pelos crespos negros y blancos; ni bien pisó el suelo de lo que sería su hogar corrió atrás del motor de la heladera para esconderse de sus nuevos dueños, de la nueva vida que se le avecinaba; me acerqué y logré quitarle ese privilegio y lo observé largo rato. Lo vi asustado pero firme en su rechazo y le di tiempo, como las frutas que necesitan madurar. No tardó mucho en administrar su vida entre las calles del barrio y la casa aunque con el tiempo entendí que nuestra casa era solo un refugio donde pasaría unas pocas horas al día. Su vida estaba en otro lado.

***

La calle Almafuerte atraviesa en poco más de dos kilómetros y medio las localidades de Banfield y Remedios de Escalada donde finalmente muere a la altura del 4.400 gracias a un chalet de construcción piramidal que sirve de intersección; nuestra casa estaba situada en la última cuadra de esta calle y era todo lo que Gary hubiese soñado: casas con techos bajísimos, pocos perros vagabundos, chalets con rejas con el suficiente espacio para que su silueta quepa y árboles de copas frondosas que esconderían mil gatos.

Sin saberlo, me fui acostumbrando a sus tiempos y él a los míos, a contemplar su llegada, siempre tardía, gracias a la distancia que el barrio había inventado entre nosotros. Mientras, él crecía un poco en el living, otro poco allá en los techos. Toda vez que volvía hambriento traía consigo el aroma de las casas ajenas y sus restos: los yuyos hundidos entre su pelo confirmaban que sus andanzas incluían largas estadías en jardines ajenos. Comprendí que era libre con ese riesgo dulce que impone la libertad. Temí por él, temí por mí, es que el barrio lo seducía más que cualquier hembra en celo: las veces que llegué a espiar sus fugas lo descubrí tieso sobre algún tinglado o afilando las garras en troncos vecinos.
Ya en casa, se acostumbró a seguirme convirtiéndose en una especie de sombra que copiaba mis movimientos; así, supe que su espacio lo compartía conmigo, y yo con él. Ninguno había elegido ese destino pero lo aceptábamos genuinamente como se aceptan las leyes de la ética.
Cuando en una de sus largas escapadas no regresó, no hubo día que no lo busque con la mirada en las casas de la calle Almafuerte, lo esperé como un chico espera la navidad o las vacaciones de verano, lo esperé sin comprender del todo cuanto lo extrañaba y por qué –si era demasiado huraño, rechazaba las caricias como el agua que lo salpicaba–; sólo él se encargó de borrar mis inquietudes cuando tras un par de meses de ausencia irrumpió en casa y corrió del living a mi habitación despreciando su propia ausencia, queriendo recuperar su antiguo territorio; volvió desmejorado, con las cicatrices obvias que le había dejado la libertad.

Maldije al barrio, a la calle Almafuerte y a sus jardines hermosos, maldije el empedrado que por varias cuadras me recordaba otra época, en mi rabia subyacia ese sentimiento por recuperar algo –o alguien– que sabemos que no durará. Lo tuve en mis brazos unos segundos –Gary nunca dejaba alzarse por mucho rato, no era su estilo– y tras un tiempo de esa vida de fugas breves y regresos nocturnos Gary volvió a desaparecer.  Nunca más regresó, lo supe cuando el tiempo destruyó mis esperanzas y me devolvió la razón, lo supe cuando mis pasos dentro de la casa buscaban, sin suerte, su sombra y cuando ya no di vuelta la mirada al caminar por Almafuerte sabiendo que la belleza de un puñado de casas era mundo demasiado irresistible para un gato. La tristeza me invadió durante un tiempo y el verano agudizó la ausencia, algunas noches el silencio era interrumpido por chillidos de otros gatos, lo imaginé afuera, luchando por una compañera o por un pedazo de alimento, también no puede evitar imaginar a tantos otros que, como yo, oían lo mismo y esperaraban que su mascota regrese. Durante esos lapsus tendí a buscar culpables y esa mezquindad no fue lejos: tras meditarlo comprendí que un barrio de casas bajas es la antítesis a cualquier celda de cemento: es el acceso a la flora, la fauna, y tal vez, a una minúscula vida silvestre con la suficiente belleza como para arrancarnos la atención.

***

Ahora Gary está aquí, en unas de las pocas fotografías que pude tomarle, la imagen es técnicamente mala y apenas hace foco pero refleja brutalmente su mirada paciente y sugestiva, eran tiempos felices cuando ni él ni yo sospechábamos de nuestra despedida. Inconscientes los dos: es allí hacia adonde todos corremos o somos empujados en algún momento. Tal como nos sugiere un fragmento del poema de Jorge Luis Borges, Límites: “¿Quién nos dirá de quién, en esta casa, sin saberlo, nos hemos despedido?”.

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Almafuerte al 4400. Circa 2009.

 

 

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