Santos fundadores

Fragmentos

Ayer eran santos, hoy…localidades. Perfiles de los santos que “fundaron” nuestros barrios:

San Andrés

Advirtió en Jesús algo distinto: supo que era el Mesías. Ya nunca más se apartaría de él y junto con su hermano, Simón Pedro, se convirtió en su apóstol. Partícipe en La Última Cena vio resucitar a Jesús y conoció también el ocaso: fue crucificado por el gobernador romano Aegeas, atado en una cruz en forma de equis para prolongar su sufrimiento, de ahí, el origen de la cruz de San Andrés que suele aparecer en las ciudades ante los cruces ferroviarios.

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San Antonio de Padua

Nació entre 1191 y 1195 en lo que hoy es Portugal. Fue conocido por sus largos y encendidos discursos que llegaron a tal nivel de popularidad que la iglesia le quedó chica: solía predicar en espacios abiertos. Sus temas recurrentes tenían que ver con vicios tales como la avaricia o la codicia (de interés también en aquellos remotos tiempos). Un predicador nato que basó su vida en replicar con maestría lo que en la Biblia aparece de manera aburrida; la Iglesia se hizo eco de esto y 352 días después de su muerte lo convirtió en santo. Más acá en el tiempo, en 1946, el Papa Pío XII, lo nombró Doctor de la Iglesia. La llama de sus discursos parece, seguía encendida.

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San Isidro

En Madrid, es común que los agricultores le envíen sus plegarias. En vida, dicen, tuvo mucho de santo: hizo llover en épocas de sequía, ayudó a los que nada tenían y fue capaz de reunir a los animales sin hacerles daño.
A Isidro le tocó nacer alrededor del año 1082 en un territorio pretendido por musulmanes y cristianos. Estos últimos fueron los que finalmente establecieron su fe y marcaron la vida de un sencillo labrador en leyenda urbana.
El pueblo madrileño no se sorprendió cuando cuarenta años después de su muerte (en 1172) sus restos fueron trasladados del cementerio de la Iglesia de San Andrés a una capilla –mandada a hacer por el Rey Alfonso VIII– dentro de la misma iglesia. Para ese entonces su nombre era leyenda.
Quinientos años después de su muerte sus restos, misteriosamente, seguían intactos pero algo cambiaba para siempre: un códice escrito en latín fue encontrado junto a sus restos y describía las andanzas de este humilde labrador –es una de las únicas fuentes históricas sobre su vida–, en ese documento los milagros sobran: que ahuyentó a un lobo orando, que logró multiplicar el trigo, que hizo que los bueyes aren solos.
Desde entonces, la monarquía española –le asignó un día para celebrarlo convirtiéndolo en patrono de Madrid– y el poeta Lope de Vega –quien se dedicó en analizar su vida y le dedicó un poema– se encargaron del resto: volverlo eterno para que nunca abandone esa condición divina. El capitán Domingo Acassuso no quiso ser menos y cuando avistó unas tierras inhóspitas en Argentina no dudó en llamarlas…San Isidro.

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San Miguel

Jefe de los ángeles, su nombre en hebreo significa “Quién como Dios”, cuya irónica frase corresponde al momento en que, lanza en mano, somete a Satanás, según la pintura al óleo del italiano Rafael Sanzio (1518).
Además de guerrero, es representado en las imágenes junto con una balanza, según la creencia cristiana se cree que será partícipe del Juicio Final.

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San Fernando
Otro Santo idolatrado en España. Razones no faltan: fue hijo de Alfonso IX, Rey de León, y de Berenguela I, Reina de Castilla, de grande, unificó ambos reinos; mantuvo a los moros alejados de sus territorios y volvió cristianas las, alguna vez, musulmanas ciudades como Jaén y Córdoba; ganador nato: toda vez que se alzaba en armas su ejército resultaba exitoso. Mandó a construir ominosas catedrales como en las ciudades de Burgos y Toledo y motivó el estudio de las ciencias e impulsó la creación de universidades; relegó el latín de los documentos oficiales por el castellano. Para Fernando todo éxito tenía que ver con Dios y la Virgen, entre ciudades recuperadas y batallas ganadas se hacía el tiempo para orar y dedicar su fe a ese mundo al que alguna vez llegaría en condición de Santo: fue en 1671 cuando el Papa Clemente X, así lo dispuso.

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San Francisco Solano
Cuando en 1589 el rey Felipe II pidió a los franciscanos que enviaran misioneros a Sudamérica para convertir cristianos, Francisco Solano supo que en esas tierras ignotas podía hallar su destino.
Si viajar a un continente del que nada se sabe, caminar entre malezas y bosques desiertos y toparse con tribus de indígenas de rarísima lengua intimaría a cualquiera, Solano volvió toda esa adversidad en oportunidad. Con el tiempo ganó confianza y cristianos. De a pie recorrió el Chaco Paraguayo, el Río de la Plata, Santa Fe y Tucumán. Sus últimos días sucedieron en Perú tal como vivió: no más que una Biblia, un colcha, una cruz y un camastro: para Francisco Solano no hacía falta tenerlo todo para tenerlo todo.
En 1726 fue canonizado por el Papa Benedicto XIII y a pocos sorprendió tal elección.

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San Vicente
Vicente Ferrer nació en 1350 en Valencia, España. Fue una especie de mente brillante que a los 28 años ya era filósofo y teólogo; daba clases en las universidades de Valencia, Lérida y Barcelona (España). Pero su mundo no sólo se centraba en cuatro paredes, recorrió desde Alemania hasta Inglaterra con el fin de llevar a la práctica lo que tanto había aprendido. Para él, la pobreza era una virtud y cuando la iglesia –y parte de Europa– se encontraban divididas por el Cisma de Occidente –conflicto de la Iglesia que ocasionó que, entre 1378 y 1417, se disputasen el papado tres obispos– su objetivo nunca cambió: convertir a pecadores, orar y llevar su palabra cualquier inhóspito rincón de Europa.
Ponía especial fervor en predicar sobre el Juicio Final, el Anticristo y otros males; él mismo se hacía llamar pecador hasta que en 1419 dejó el mundo: 36 años después, Calixto III lo convirtió en Santo.

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